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NACE SPAM (ILUSTRACIÓN EN LATA)

En su origen, Spam fue una marca de carne enlatada que dio de comer a soviéticos y británicos durante la Segunda Guerra Mundial. Fue, digamos, el plato fuerte de gran parte de las tropas aliadas en tiempos de guerra. Más adelante, el grupo de comediantes Monty Python hizo burla del masivo uso de la carne en lata en una serie de sketches. La gracia estribaba en que la repetición de la palabra “spam” no dejaba fluir una conversación normal. De este modo, al correo basura cibernético se le denomina con este nombre, por llegar de forma torrencial a quienes, en principio, no quieren recibirlo. Como bien es sabido, los “spam” suelen ser de carácter publicitario.
Ahora bien, en enero de 2008, tras una serie de reuniones entre ilustradores del colectivo Mouleskillers (ilusa) de Salamanca, se decide crear un soporte para dar impulso y cohesión a la creación gráfica. Este soporte recibe el nombre de SPAM como ironía de una situación que es clave en los colectivos creativos minoritarios: casi nadie sabe que existen. A diferencia del bombardeo continuo de imágenes al servicio de productos que “debemos necesitar comprar”, los ilustradores lanzan de cuando en cuando un avión de papel.

EDITORIAL

SPAM pretende ser una plataforma para descubrir y promocionar a nuevos creadores de imágenes. Una publicación periódica que haga salir a la luz los trabajos que, como norma general, suelen quedar en meros apéndices al final de las Artes con mayúscula. Un vehículo para hacer de la ilustración más joven o desconocida una apuesta seria. SPAM pretende hacer de este propósito su filosofía; actuar como observatorio y voz de la ilustración en su estado más incipiente.
En cuanto a su línea editorial, SPAM se define como una manifestación al servicio de la comunidad de los ilustradores, abierta a nuevas formas, conceptos y técnicas de ilustración e integradora de todas sus sensibilidades. De este modo se pretende avanzar hacia una cultura crítica de la ilustración y sus alrededores para prever y adaptarse a las incógnitas que depara el futuro de las artes gráficas.
SPAM será una publicación anual, de formato no permanente, en la que la ilustración tendrá el papel protagonista y no el de atrezzo junto al texto. Cada número tendrá un hilo conductor, una propuesta que aglutine el trabajo de los ilustradores alrededor de un tema. En este caso, y puesto que hemos nacido de una lata de carne, nuestro enlace será la comida.

COMIDA

La situación tiene gracia. Un estudio reciente indica que el ilustrador medio residente en España vive por debajo del umbral de la pobreza de un país primer mundista. Este análisis toma los datos de los ingresos que les reportan a los ilustradores sus ilustraciones. Ni que decir tiene que aquellos que deciden ejercer tan noble y paupérrimo oficio saben que no será el único que ejerzan si desean variar el menú de su dieta. De este modo, no debemos asustarnos si alguien nos dice “verás, yo me dedico al dibujo miniaturista con plumilla” mientras empuña un hacha para despiezar reses “lo que pasa es que hago unas horas extras en la Sociedad Protectora de los cuartos traseros de Morucha”. Ganarse la vida no es difícil si dejas a un lado tu trabajo para no llegar tarde al trabajo. No es difícil vivir de la ilustración si no te importa prescindir de lujos como la vivienda, los zapatos, el dentista o el aceite de oliva. Para el grueso de los ilustradores, la carne en lata de los soviéticos podría ser una dieta al alcance de sus bolsillos.


De todos es sabido que normalmente las situaciones de injusticia tienen a sus verdugos y a sus víctimas bien diferenciadas. Pero en el caso de los ilustradores (como el de tantos otros colectivos), la solución depende, además, de una revisión de principios e incluso de un replanteamiento de los conceptos fundamentales. Si desechamos la idea tradicional, acabaremos con la marginalidad de nuestro oficio.

MANIFIESTO SPAM

Desde hace siglos, la ilustración viene siendo “la decoración de un texto mediante dibujos o grabados”. Esto es intolerable. El poder de la imagen es, cuanto menos, igual que el de la palabra. Además, ¿cuántas palabras harían falta para igualar a una imagen? No somos decoradores ni hemos de estar supeditados a la tiranía de 28 signos absurdos.

LOS TRES PILARES SPAM

-Ilustrar es dar luz, pero no solo sobre las taquigráficas páginas de un libro sin ilustrar, sino dar luz a una idea. Idea que, en el mejor de los casos, será compartida por el texto adyacente pero que nunca superará al simbolismo silencioso de una imagen.
-Abstraer mucho no es sano. Gran parte de las enfermedades mentales derivan de un proceso mental de distorsión y obsesión sobre una idea oscura. Este es un proceso de abstracción. Leer es un proceso de abstracción, y de este modo, leer mucho no es sano. Por eso, la ilustración funciona como terapia contra la abstracción mental, pues cada cierto número de páginas arroja luz sobre esa idea oscura. No más libros sin ilustraciones, los libros sin santos son perniciosos para la salud y cuantas más ilustraciones contenga mejor será el libro.
-Ilustrar vale dinero. El hecho de sembrar un texto de ideas diáfanas y de comprensión inmediata es una labor de prevención ante los terribles problemas que acarrea la abstracción. Ilustrar es casi una medida médica preventiva, y todos sabemos que los médicos ganan dinero. Un ilustrador debe ganar más o menos lo que un médico. No por ello deben morirse de hambre los escritores (que se mueren), pues para que la ilustración haga su cura, la literatura ha de hacer enfermar. Un escritor debe ganar más o menos lo que un cantante del verano.

EL PROYECTO “NÚMERO CERO”


La naturaleza es el punto de partida de la literatura. No habría nada que escribir si no existiera algo sobre lo que escribir. Una de las funciones, si no la más importante, de la literatura es la evocación. Transportar al lector a un momento, un lugar, un tiempo, unos hechos. La ilustración contiene el germen de la evocación, dado que recrea la naturaleza ¿Porqué una imagen ha de representar a un texto si lo natural es que un texto se desarrolle a partir de una imagen? Una vez más, la concepción tradicional de ilustración es errónea. Lo natural, en estos términos, es que alguien escriba algo a partir de la recreación gráfica de otra persona, no al revés.

Así nace el proyecto “NÚMERO CERO”: en esta puesta de largo de SPAM, un conjunto de __ escritores tendrá como referencia las creaciones de __ ilustradores para desarrollar su imaginería escrita. Este será el reto para nuestros queridos amantes del bolígrafo y la tecla. El texto nacerá de la ilustración. La naturaleza humana, por una vez, hará caso de las leyes divinas del proceso creador. Esperamos que sirva como bálsamo contra el picor que dejan tantos años de subordinación a la literatura (infantil, juvenil o senil) y como fulgurante ejemplo para quienes aún pensaban en la ilustración como arte decorativa. Que las musas cojan confesados a los pobres escritores, pues ahora sabrán lo que es trabajar para nosotros.
¡Que gusto da ver como cae la tortilla por el lado crudo!


¿Falta texto? ¿Va en vertical?


Laura Lucas
(Sin título)

Pancita vacía, corazón melancólico… Podrás haber terminado con ese cangrejo regordete y desproporcionado que tenías para la cena, chupado sus jugosas patas, extirpado los laberintos de blanda carne, triturado con tus muelas su concha naranja. ¡Será en vano! Te seguirás sintiendo pulgarcita frente a esos restos que amenazan como púas y escucharás aún el quejidito constante del corazón (¿o la pancita?) que tiene hambre. ¿Y del cangrejo? sólo unas tenazas frías que te arrinconan al final de la mesa y los ojos oscuros de venganza. Has de saber que tu pancita espinada y maltratada se te ablandará y rellenará como de algodones si te lanzas a comerte un corazón palpitante. Que te lo comas por odio o por amor, eso no tiene importancia. Lo esencial, para calmar esa hambre antigua, es que lo hagas con el espíritu en la garganta, como una última cena llena de milagro y dicha, sin desgana ni pereza, masticando y deglutiendo con los sentidos bien abiertos el corazón de un hombre o una mujer cualquiera que se te presente en el camino, gentil, y te abra su pecho.
Jimena Gamba


Maribel Ramos


Cuento con banquete


Era un niño precoz. Cuando la familia se reunía, su madre lo sentaba en la punta de la mesa, para que molestara menos. Las piernas le colgaban dibujando círculos en el aire y tenía que estirar mucho el cuello para no rasparse la barbilla con el mantel. Desde esa postura los platos llenos de comida parecían peces blancos que serpenteaban un instante por encima de su cabeza y se posaban justo del otro lado de la mesa. Allí salía a recibirlos un ejército de tenedores y cuchillos y el vapor caliente que se desprendía llenaba el comedor de olor a orégano y la boca de saliva. Estimuladas por el olor, las manos de los mayores se tensaban, adoptaban la forma de enormes arañas y se acercaban dedo a dedo a la tortilla, o envolvían las copas con sus patas peludas para que el vino bailara dentro del cristal. El niño, en cambio, escondía las manos debajo de la mesa, sus manitos se juntaban avergonzadas, mientras el mantel se cubría de migas y aureolas rojas.


La noche antes de que el niño recibiera la primera comunión su madre decidió organizar una cena especial cuyo plato estrella era un gran cerdo. Al niño lo sentaron en el mismo lugar de siempre con la excusa de que era el rey de la fiesta y los reyes tenían que sentarse en la punta de la mesa para que todos los pudieran ver bien. Pero nadie le prestaba atención. Las miradas de los mayores se clavaban con insistencia sobre la bandeja de cartón plateado donde estaba el cerdo. El niño miró con asco la grasa oscura que bordeaba las cuencas vacías de los ojos y el enorme hocico, trabado con una manzana para que no mordiera. Del otro lado de la mesa su tío contaba una anécdota en voz baja que hacía reír mucho al resto de la familia, sobre todo a su madre. El niño, entonces, entrelazó sus manitas y trazó con la mirada un camino que pasaba por cada uno de los platos de la mesa hasta llegar a la cabeza del cerdo. El primero era una cazuela llena de unos tomates cocidos que se habían reventado en la parte más redonda formando pliegues carnosos como labios. El niño imaginó que los tomates con boca eran feroces tomates asesinos, tomates capaces de rodar por la cazuela hasta llegar al siguiente plato y devorar por la punta a las desprevenidas zanahorias en escabeche. Los platos formaban un camino perfecto, el niño apretó con fuerza las manos. En las puntas mordisqueadas de las zanahorias podían crecer también bocas vegetales, que se abrirían desesperadas, que atacarían a las cebollas glaseadas del plato de al lado. Las láminas heridas de las cebollas se enroscarían, entonces, formando pequeños dientes. Con sus dientes agrios se acercarían las cebollas a la bandeja de cartón plateado, con sus dientes agrios morderían por fin al cerdo. Y el cerdo sí, con su cabeza grande y llena de pelos, el cerdo con sus dientes en aguja, sí que podía comer de todo, sí que podía acabar con los platos y el mantel y la mesa y con su tío el gracioso y ese viejo gritón que no conocía, y a su madre también se la tragaría el cerdo; a su madre, que se reía tanto del otro lado de la mesa…


Las manos le latían, se le quedaban pálidas, como muertas, de tanto apretarlas. Su madre lo miró por primera vez en toda la noche y dejó escapar un suspiro. Qué bueno, qué buenito era el nene, siempre rezando, y qué bien le quedaría el traje blanco de la primera comunión.


María Bastianes



Rocío Vila

El crimen perfecto del Comemuñecas

La noche antes del gran día. El Comisario sigue observando los seis diminutos vestidos colgados de su pared, sorbiendo whisky e insultando al Joven Ayudante. No sabe que su Esposa le engaña, pero sí que el Comemuñecas se come además su propio rastro. Entonces ve entre los papeles un nombre familiar. Se ponen en camino, seguidos con sigilo por el Periodista y su cigarrillo. Mientras, el Magnate es el más listo de todos, pero nunca fue el más frío. Con su fábrica proporciona muñecas a todo el país y reputación a todo el pueblo. Pero de las siete preciadas rarezas que pensaba vender mañana en su histórica subasta, el Comemuñecas sólo le ha dejado la que ahora esconde, en el corazón de su fábrica. Y en la abandonada carretera de tierra, el suelo se abre y de él salen cinco Gángsters ajustándose sombreros y corbatas. Huyen de la cárcel, y esta vez el plan es infalible: han averiguado dónde está la séptima muñeca, y si ellos llegan antes, ¿qué no les daría, con tal de hacer honor a su nombre, el Comemuñecas?
El Comisario charla con el nombre clave, el Enemigo. Amigo de todo aquél con autoridad y dudas, los papeles le vinculan, en alguna guerra de otro país en el siglo anterior, al Comemuñecas. Ya se acuerda: un niño bueno al que le pasó algo horrible y su única alegría ahora es causar el mal. La explosión que suena desde la fábrica lo cambia todo. El Comisario corre al lugar del crimen arma en mano, el Joven Ayudante va a la comisaría a por refuerzos, el Enemigo manda a sus tres Esbirros a la casa abandonada en lo alto del valle y el Periodista echa a andar tras ellos.
La Mujer del Enemigo está contándole aventuras de otros tiempos a su humeante pipa cuando oye metralletas en el valle, ve al Joven Ayudante correr en esa dirección, solo con su sombra y su pistola. Cuando los refuerzos y el Comisario llegan al corazón de la fábrica, los cinco Gángsters ya han volado la puerta. Vuelan las balas de quince y cinco pistolas, resonando al rebotar contra la maquinaria metálica, pero no al entrar en los sombreros de los dos Gángsters más jóvenes. Sólo entonces sale el Comisario de detrás del coche, el arma fría en su mano, contento de tener su cabeza de turco; no tanto de no ver la séptima muñeca. Y todo acaba a la vez. El tiroteado Periodista ve al Joven Ayudante subir el valle, pero su último aliento no le da para captar su atención. El Comisario va a casa del Magnate y bajo las sábanas lo encuentra; sobre ellas, su infiel Esposa. Las huellas guían al Joven Ayudante a una casa abandonada en lo alto del valle y allí encuentra siete preciadas muñecas. Mientras él y los tres Esbirros cruzan la frontera, los cinco Gángsters le ponen cara al crimen del Comemuñecas. Y al Enemigo sólo le avisa de su derrota el triunfal silbido del tren que se lleva a su prisionera Mujer y al bandido Comemuñecas, feliz de haber conseguido, sólo con un chivatazo, su crimen perfecto.


Tom C. Avendano


Maribel Ramos

Receta magistral

Ronca. Yo nunca se lo digo porque no quiero que pase vergüenza pero, sobretodo, no quiero que peleemos. Que ya peleamos mucho por otras cosas. La miro dormir y es hermosa. Aunque ronque. Da muchas vueltas en la cama al principio hasta que se acomoda. Primero se pone de lado, mirando hacia la puerta y coge mi brazo para que rodee su cintura. Así se queda un momento. Luego da otra vuelta y se queda boca abajo con la cabeza hacia mí y nos respiramos. Pero eso nunca dura mucho. Después coloca la pierna sobre la articulación de mi rodilla. Gira de nuevo y me pide que le dé la espalda para abrazarme ella. Yo creo que, tras unos minutos en dicha posición, siente como un muro de frente. Y cambiamos otra vez. Ahora vuelve a su puesto inicial sólo que, en vez del brazo, me coge la mano y la instala en su seno derecho. En ese punto, yo siempre me duermo un rato y ella ronronea. Unos minutos más tarde, el baile continúa bajo las sábanas y es cuando comienza a adoptar su postura en diagonal, robándole el espacio a mis piernas, que acaban superponiéndose y pegándose a la pared para dejarle sitio. Al final, su cabeza termina descansando plácidamente sobre la almohada, girada hacia la derecha. Su cuerpo la sigue hasta las caderas, donde las piernas se desvían para acabar en la punta del lado izquierdo del catre. Dicen que su madre también lo hacía y que su padre no pudo soportarlo más y acabó durmiendo en otra cama, en otra de las habitaciones de la casa, cuando sus hijos ya vivían fuera.
Debe ser hereditario. Como la belleza. Ahora se mueve un poco sobre sí misma pero descansa haciendo esos ruditos con su respiración. Sonríe. Yo la miro tan de cerca que me apetece besarla sin sacarla del sueño. No ahora que lo ha alcanzado. De pronto, arrastra el brazo hasta mí y acaricia por encima del calzoncillo. Susurra: -J'ai faim, chéri- entre gemidos y coqueteo sonámbulo. Me incorporo. La observo. Pero está dormida. Está soñando y sigue. Yo la dejo, que los sueños de uno pertenecen a lo más íntimo de cada cual y en ellos se permiten ciertas licencias.
Además, cuando despierte por la mañana seré yo quien la alimente. O, al menos, seré yo -seguro- quien le prepare su pequeño desayuno.

Olalla Hernández Ranz


Cinta Arribas
Última cena

Y a pesar de que la espuma del champán no perlaba las copas, el salón era fastuoso, y las risas de los comensales deslumbraban como leds. Fue fácil ir cerrando las ventanas a ritmo de vals vienés, cubriendo cualquier resquicio por donde pudiera escaparse el aire, tapando todos los agujeros como el que enrosca el tapón del zumo. Sellé con silicona los quicios de las puertas apretando la pistola como si fuera una manga pastelera. Dentro, las risas se confundían con el tintineo de las copas, con el sonido del ajuar, con los cristales de las arañas que pendulaban armoniosamente. La riqueza se olía al otro lado de las puertas de madera noble. La riqueza tapizaba las paredes y peinaba las suaves plumas de los faisanes aux herbes. Abrí la espita de las pequeñas bombonas y apreté suavemente los contactos al depositarlas en los tres respiraderos de la estancia. El gas silbó como un reptil. Sólo consiguió levantarse de la silla uno de ellos. Las patas de la pesada butaca sonaron a exclamación al rechinar contra el parqué. Algunos hundieron la cara sobre sus pasteles de cabracho, otros se desnucaron sobre el respaldo del asiento. La sopa de bogavante se introdujo en sus oídos, se rompieron platos de Amberes y copas de Lorena con la frente, las lenguas quedaron fuera, amoratadas por el Borgoña sin aire. Todos, sin excepción, empuñaban fuertemente las servilletas bordadas como si levantaran la bandera de la rendición. Sólo cogí el collar de la señora. Había venido a destruir un símbolo, una piedra angular, el corazón de un sistema sanguíneo corrupto y putrefacto. Se lo arranqué como si le extirpara una glándula cancerígena, como si el diamante sobre mi mano fuese el centro desde el que se irradia todo lo oscuro de este mundo. Lo puse dentro de un recipiente de cristal graduado y lo coloqué en el centro de la mesa. Abrí la ventana para que el sol incidiese sobre él desde el alba. La temperatura dentro del cubo subiría hasta hacer arder la piedra, convirtiéndola en una pequeña nube grisácea de CO2. Al salir, ejecuté una pequeña reverencia para dar fin al minué.


Fabio de la Flor


Silvia Gándara

El sol es el único concepto que anima nuestra existencia

Puedes comerte cinco quilos de carne, beberte un litro de sangre y medio litro de semen sin vomitar. Durante el espacio de tiempo que dura tu vida habrás digerido proteínas por valor de aproximadamente unas ochenta y tres bacas lecheras, noventa cerdos, tonelada y media de pescado y más de quinientas gallinas. Así como cientos de heptarias de cereal, verduras, frutas y hortalizas. Tienes un setenta por ciento de posibilidades de comerte la materia de la que está hecha tu comida diecisiete veces después de haber consumado varios ciclos completos dentro de un sistema de producción alimentaria a nivel industrial, eso quiere decir que si tienes treinta años tienes un diez por ciento de posibilidades de que la lechuga que te comiste ayer sea un cero coma cero uno por ciento el filete que te comiste hace veinte. De ti habrían vivido miles de millones de microorganismos y se habrán comido diecisiete veces el volumen de la masa de tu propio cuerpo en vida. Somos un sistema caótico a una velocidad ralentizada, somos la comida de lo que nos comemos. Vistos desde una perspectiva cósmica formamos junto con el resto de los seres vivos un solo y único ser superdesarrollado en continua mutación, un complejo organismo uniplanetario que utiliza la luz para evolucionar y seguir viviendo mientras intenta conservar la energía encerrada en la materia confinada por la misma energía durante el breve intervalo que supone mantener una forma orgánica que no para de degradarse y autoregeneresarse sobre la base de si misma y al amparo de unas escrupulosas y estáticas condiciones medioambientales. En un grado mayor somos una forma evolucionada de devoradores de estrellas consumidoras de helio e hidrogeno puro concentrado bajo unidades de espacio-tiempo que funcionan como acumuladores de gravedad que a su vez son utilizados para liberar energía que no es más que la vibración quántica de la materia motivada por el movimiento de las partículas a un nivel subatómico.

..Y nosotros volveremos
liderados por la entropía
para comernos el universo entero.
Viva la segunda ley de la termodinámica
Viva la raza

Luis Somoza



Álvaro Santamaría (Santa)


D.A.S.H. Neptuno

En esa época la luz ya había sido descompuesta en todos sus usos. Era manipulada por esos seres exclusivamente orgánicos con mucha más precisión que cualquiera de nuestras máquinas.
Han pasado justo mil años y nuestro miedo a nosotros mismos también es mucho mayor.
Sé que pasarán otros mil años de tecnología y subdesarrollo por lo que ya he visto: he visto que el miedo primero se alimenta del moho de los que poseen alma, que es como una planta, y luego se va dividiendo y depositándose en porciones dejadas como señuelos por nuestra conciencia integrada, por lo que se sabe que se desplaza.
El recuerdo de un pasado celular, de nuestra antigua y encriptada receta de la vida, sigue siendo el sentido de nuestra precariedad. La fotosíntesis, que los organismos biohumanos dominaron hace tanto, simplemente substituyendo la molécula de hierro de su sangre por una de magnesio de la clorofila, es la tumba sepulcral donde reside la maquinalización de todas nuestras relaciones espontáneas… Como entonces, Dios nos está devorando.


Emilio Papel


María Ramos Bravo

Ingesta
El planeta ha propiciado sus mecanismos de auto-ingesta, un agujero negro que absorberá la materia:
www.nytimes.com/2008/03/29/science/29collider.html?pagewanted=1&_r=2 Estamos en el tiempo que da por cerrado el templo. En el fregadero subterráneo — el estómago de la bestia — se apiñan diferentes alimañas. Alguien quiere disponerlas siguiendo el orden implacable de su inminente repatriación a la madre muerte. Ellas no lo permiten, la idea de morir bajo control les repudia. Una — la grisalla — sabe aprovechar la confusión del forcejeo y huye escaleras arriba, atraviesa diferentes puertas, divisa a Chris Marker atado a una silla de experimentos, el estupro de una muchacha muy desagradable y a Dios frente a sí mismo preguntándose espejito, espejito, quién es la criatura más bella del reino? Esto la abochorna tanto que decide regresar a morir, sin Dios y en catarsis grupal.
Es verano. Los pobres nunca habían tenido tanto de qué hablar, los ricos nunca habían tenido tantas preocupaciones. Fuman juntos en el soportal de la montaña. Jamás pensaron que llegarían a Israel tan pronto, a tiempo de contemplar el alba de los sangrientos valles de Efraím. Una parada más y la grisalla les relatará lo sucedido. No están ansiosos. Su derrota es algo tan notorio que no merece la pena hablar de ello.
Entonces sucede lo temido: sí, la grisalla vuelve, pero con ella no viene Dios. Temor, desesperación, llanto. Preguntan qué ha pasado, por qué regresa sola, por qué fue la única que consiguió escapar, por qué no los violan a ellos también, por qué no le pidió a Marker un auto de fe allí mismo, en la montaña, para todos los que no quieren seguir vivos y están empeñados en alinearlos para morir. Teatro de la crueldad — responde la alimaña —, no lo creeríais pero, básicamente, es eso.

Juan Escourido

Toño Fernández Latorre


La espera


La comida llegaría, sí, ¿pero cuándo? La rubia le era indiferente, el color satinado de las paredes del restaurante le daba igual. El agua le sabía a poco y el vino… ¿para qué probar el vino? El vino sin bocado no es bebida, le había dicho su padre. ¿Te has fijado? Todo es con B, el vino sin bocado no es bebida. Jamás quiso discutírselo. Para qué. Sí, enseguida, ya me lo has dicho tres veces, enseguida pero cuándo. Aquello era un infierno. Patatas al infierno. Así llamaban a las bravas en su pueblo, patatas al infierno. Sólo de pensarlo… ¿Debía insistir? Claro que no, terminarían por cogerle manía –aunque puede que se la tuvieran desde que entró – y entonces no comería nunca. ¡Nunca! No podía ser, debía hacer algo, era necesario rebelarse, con b, y usurparle el poder al oscuro gremio hostelero. Deliro, se dijo, deliro de inanición, como un judío en Auschwitz, como un preso. Muero. ¿Muero? Había movimiento, algo iba a suceder, lo presentía, lo necesitaba, era preciso y sí, ya se acerca un hombre vestido de blanco, ya extiende la mano izquierda mientras la mano derecha sostiene una bandeja con elegancia otomana… Ahora. Ahora y ningún otro instante. ‘Sus pastillas señor Ramírez, apa, no me engañe y tómeselas todas que yo le vea’. ‘Por supuesto garçon, por supuesto’.

Ben Clark

Ana Vilches

Milk Fiction


El escenario es simple: una casa solariega de dos plantas, porche y sótano. El presupuesto, muy ajustado, pues hablamos de un corto amateur. La figura central del piso superior es un hombre siniestro, El Sádico: psicópata de cabello blanco, espejuelos de alambre y una barba elegante sin mostacho, para subrayar su parecido con el inventor de la leche condensada, Mister Gail Borden Jr., del que habrá un retrato en la pared. El Sádico es un trasunto de “El carcelero de Amstetten”. En la primera planta está La Lechera, su joven esposa de ampulosas caderas y facciones lozanas, siempre recluida en la cocina entre fogones y pucheros, y atada con una larga cadena que evita su huida, pero le permite deambular por la casa. En el sótano, otro cautivo, El Tarado: guiño a Pulp Fiction. Las apariciones de cada uno incluirán rótulos sobreimpresos que aclaren sus apodos. El Sádico baja a la cocina. La Lechera no se atreve a mirarle a la cara cuando él, lascivo, le acaricia los senos. El tipo sale, oímos el motor de un coche que se aleja. Ella desciende al sótano, donde está El Tarado, un tío desnudo, aherrojado y en calcetines, al que alimentan con verduras. Le faltan los dientes por el régimen de azúcar y comida blanda. La chica abre un tarro de cristal, hunde una cuchara en el dulce y le da a probar la leche condensada. El Tarado llora de felicidad al saborearla. Después se refugia en sus faldas, intentando olisquear su vagina. Ella apoya la mano en su cabeza, lo consuela mientras gimotea. La cámara se aleja de la casa, anexa a un establo. Vemos con horror que está en medio de la nada, en un desierto. La música acentuará la soledad y la condena de los personajes. Antes de los créditos, un epílogo: la policía irrumpe dentro, tirotea al viejo y descubre, enterrados, numerosos esqueletos infantiles. En la última escena se mezcla la sangre con la leche. ¿Crees que podremos rodarlo?


José Angel Barrueco


Dácil Guimaré
Gaso-lima
A Conchita no le parecía ahora tan sorprendente que todas las generaciones de su familia hubieran repetido el mismo viaje, una y otra vez, hasta la extenuación. Tampoco le sorprendía el hecho de que todos ellos hubieran dedicado su vida a la ingeniería botánica. Sin embargo, ni siquiera la vejez pudo quitarle la curiosidad por el gran asunto de los suyos: el anonimato.
Nadie, salvo sus antepasados, supo que las primeras patatas europeas nacieron en la huerta familiar hace más de seis siglos. Que su bisabuelo, mientras emigraba a Cuba, construyó una máquina que calentaba el maíz hasta hacerlo explotar y se la regaló a su amigo Charles. Nadie, salvo ella, supo que su padre inventó la Fanta de limón cuando estuvo en Alemania durante la Segunda Guerra Mundial.
Pero todo el mundo sabrá que su hija Conchi fue la creadora de la Gaso-lima… si los japoneses no ponen los ceros necesarios en el cheque.
Pablo Sánchez Herrero

Coral

Parto natural

Gritaba cada vez más alto, su cara enrojeciendo a punto de desbordarse a sí misma, agobiada por el torrente de dolor que atravesaba su cuello, subiendo, ascensión interminable por su cuerpo, hasta tocar el centro mismo de su fontanela y salir, como si una lanza, filamento letal, la atravesara en dos y para qué. Cada vez más alto, hasta llorar. Y es que por fin se había nacido.

Estefanía Rodero


Paulino ¿ ?


De izquierda a derecha: A, B, C, D, E, F, G, H, I


A: ¿No bebe más vino?; I: Umpff; B: Por Dios Friedrich, ten un poco más de tacto; A: En las comidas sociales no... me llames... Friedrich; H: Disculpen: yo también me llamo Friedrich... esto... nos conocimos el otro día.; A: Mira qué bien...; B: ¡Oh! Encantada de conocerle, señor Friedrich; C: ¿Habla conmigo? B: No, hablo con Friedrich; C: Ese es mi nombre: Friedrich; H: El mío también; A: uhmm... y el mío; E: Caballeros, yo también me llamo Friedrich, a pesar de mis pechos y de mi pasado. Mi padre fue... ciego. También me puso de nombre Federica, por si acaso.; I: Umpff D: ¿Estoy borracha o todos se llaman Friedrich?; F: Ambas cosas, probablemente; A: ¿Y usted? ¿Usted cómo se llama? No... mejor: ¿Qué es usted?; I: Umpff; A: ¡Conteste!; C: En mi opinión es un anfibio G: ¡Qué horror!, no quiero ni mirarlo. Por cierto, me llamo Friedrich; B: Un... ¿anfibio?; I: Umpffffffff ggg; D: He bebido demasiado.; H: Sí, señores Friedrich, este hombre es un anfibio y para respirar bebe de su copa de vino: por eso siempre está llena. Su aire no se crea o destruye, es vino que sólo se... transforma.; C: Interesante. ¿Qué... sabe... exactamente... de los... humanos? I: Ffff gggg bb; B: Demasiado, al parecer.; A: ¡Demasiado! ¡Por Dios!; F: Le ruego que se calme, Friedrich; E: No es para tanto. Yo cargo con un pasado... peor. G: ¿A qué se refiere? E: Yo nunca... mmm... nací; G: ¿Cómo es posible?; D: Le gusta preguntar mucho.. ¿eh? ¿Un Güisqui?; E: Yo... no... ¡nací! B: Friedrich, cariño, hay una infiel blasfema en la mesa, vámonos de aquí; C: Ya estamos otra vez con las tonterías... ¿Cómo que no nació?; H: Caballeros, en su mayoría de nombre Friedrich, y damas, también Friedrich (debo suponer): estamos ante un caso sin precedentes de alguien que no ha nacido: por lo tanto... es... Dios. I: Umppggjj hhggdd G: Así que usted siempre... ¿existió?; E: Ehm... sí.; A: ¿Ha habido alguna novedad en todo este tiempo? B: No hables con blasfemos, cariño; E: ¿Se refiere a la eternidad?; A: Sí.; E: Pues no: ninguna. C: (Esto suena muy raro)... Oiga, si usted no ha nacido, por qué nos ha dicho que su padre fue ciego.; H: uhmm... precisamente eso lo explica todo sobre nuestra naturaleza.; D: Otra copa, por favor.; I: ggg Ummpff gg.

Víctor Balcells Matas



Sara Barajas


Carta de ajuste


En la primera, la película de mi vida. En la dos, el glamour y el lujo. En la tres, historias de vecinos. Escucho sus risas, su fiesta. En la cuatro, un spot de unos segundos, lo que tarda en apagarse un sueño. En la cinco, una carta sin brillo, sin tono, sin señal. Apenas cinco campanadas para el fin de año. Apenas cinco pastillas para el fin.



Raúl Vacas


Elena Náyade
Criadas marinas

Antiguamente, la captura de las criadas marinas se hacía habilitando molinos de viento como señuelo. Para ello se tendían en sus aspas redes bordadas con alga verde y cristalitos de mica. Dado que eran cortas de vista confundían los molinos con los faros del mar, la mica con las escamas y las redes con guirnaldas de bienvenida.
Las que venían del sur tenían la piel y las pestañas cubiertas de sal, la risa floja y el genio enrabietado y pasajero. Contraindicadas donde hubiera niños rebeldes y contumaces, era bueno hacerse con ellas en caso de enclenques y paliduchos porque bordaban los huevos con puntillas y le daban un punto especial a las patatas.
Las norteñas, apreciadas por su rectitud, eran más góticas, con el pico de aguja y manos con tacto de madera sin desbastar. Poco proclives a los arrumacos y ternuras, conseguían sin embargo buenos resultados con los niños tardíos y tropezones en el hablar, a los que engatusaban con su lenguaje extraño y como de pájaro.
Prisioneras desde hace décadas, unas y otras habitan las cocinas modernas y, aunque desocupadas y relegadas al olvido, se las ingenian para no perder la memoria que las oriente de nuevo hasta el mar; para recordar el cielo, se asoman a los restos del té que toman las señoras y contemplan las nubes de leche que flotan en la superficie; y si lo que añoran es el agua, convierten en batiscafo los saleros.
Y de entre todos los días, prefieren aquél en que sus dueños cenan pescado. Esa noche perfuman su cuerpo con la grasa de los platos y ensartan escamas en las espinas para contar los días que llevan de servidumbre, pero cuando consiguen la espina más aguzada y curva la esconden bajo el jergón. Y sueñan que pronto la utilizarán como puñal y ganzúa.


Isabel Castaño

Dani Sanchis


Merienda interrumpida

No hay cosa que más me joda que dejar a medias una merienda con los amigos. Ella lo sabía, claro. Lo sabía y lo hacía aposta. Cada vez que nos reuníamos la cagaba con sus llamadas inoportunas.
Salí a galope decidido a terminar con aquello de una vez. No me tocaría más las pelotas. Conocía mi debilidad por Luis Alberto y eso la atormentaba, como a mí me enfurecía que se tirase a Marta en cuanto me daba la vuelta. Pero el tipo al que se arrimó aquel día, ese híbrido con cuatro pelos en la cara y medio metro de lengua, me revolvía las entrañas.
Enérgico, me planté frente a ella y se lo solté:
—Las meriendas con los amigos son sagradas. Y las cenas. Y los almuerzos, también.
Eso fue lo que le dije.

Miguel Núñez Belver


Dani Sanchis

La presencia

Dominique Durand arrancó el coche con cierto nerviosismo. Las instrucciones eran claras y esta vez debía hacerlo sola: tomar la primera salida después de la gasolinera, a la izquierda. Pasar el parque de los enamorados y girar a la derecha. Reducir las marchas, una por una, hasta llegar al stop. Después, dirigirse hasta el Bar Bahía, tomando como referencia el cartel de bocadillos de jamón y anchoas. Una vez allí, detener el vehículo.
Unos metros antes del stop, duda. Pisar a fondo el pedal derecho. No. El izquierdo. ¿el del medio?Dominique siente cómo el coche sale despedido bajo sus pies. El sobresalto le impide enviar órdenes concretas a sus piernas, que no siguen los movimientos ensayados. De pronto el pedal de embrague se hunde suavemente sin que ella lo accione. La palanca de cambios se coloca en segunda marcha. Y el freno se clava solo hasta el fondo, dejando su pie bailando en el aire. Los pestillos de seguridad se desbloquean.
- Está muy afectada. Se enteró de que su profesor de autoescuela había muerto justo el día en que ella estrenaba su carnet de conducir.

Susana Barragués

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David de la Mano

Imagina


Imagina que esto no es un trozo de papel.

Imagina que no lees estas letras, que no ves este fondo negro y blanco, sino que navegas entre algas y moluscos en algún sueño marino.

Imagina que en el sueño que ahora sueñas estás soñando sobre el agua, exánime y dormido entre la humedad y el roce de los peces, y que apenas notas una sombra que se aproxima hacia el extremo de tus pies.

Imagina que esto no es un sueño, que no lees estas letras, que no ves este fondo negro y blanco, sino que navegas entre algas y moluscos, y de pronto sientes el roce de un animal marino, la tibieza y el hambre de sus fauces, y quieres huir del sueño y regresar al trozo de papel, y sólo entonces entiendes que esto no es un sueño, que ahora no lees estas letras, que mientras miras este fondo negro y blanco poco a poco te sumerges en las fauces de un monstruo marino.


Javier Serena


Txemacantropus

Pablo y Laura a la sal con guarnición de anémonas


Y tras el zarpazo de espuma, el silencio. El terror extasiado, el grito imposible. Atrapar la mano de Laura, al menos. Traspasar el umbral así, unidos. Ya siempre.
Dos cuerpos se precipitan desde la altura descomunal de la vida hacia el fondo del océano. Planean en una muda danza abisal, entre corales y algas. ¿Alguien volvió a ver aquellos dos muñecos de trapo que la niña arrojó al estanque? Hay todavía un brillo humano en sus miradas, tristes, enamoradas. Se apaga. La noche. Les aguarda su lecho de amor. Ya nunca.
Festín de los peces. Los espectros que habitan el abismo esperan pacientes un momento como este. No ocurre todos los días, ni mucho menos. Después de tanto tiempo volverán a saborear los alimentos que les arroja el cielo. Pequeños seres transparentes hurgan en las cuencas vacías de sus ojos, otros arrancan sus labios, sus dedos, y huyen con ellos entre las fauces, amparados por una corriente gélida. Los más poderosos degluten con delectación los corazones de Pablo y Laura.
Conozco un restaurante cerca del puerto en el que sirven platos muy raros y exquisitos. No los preparan todos los días, ni mucho menos. A veces los pescadores extraen de sus redes peces de aspecto terrorífico, de los que no encontrarás en ningún mercado. Con un poco de suerte, uno de estos días podrás sentirte dichoso de degustar un manjar que tu paladar no olvidará jamás. No se puede comparar con nada que hayas comido antes. Hay algo en ellos, ¿cómo te diría yo?


Enrique Garcés Blancart


David de la Mano


Éxodo



“Unos quedan suspendidos en lo alto de la ola;
a estos otros se les abre el mar”
VIRGILIO



Ella, muy lentamente, ocultándose, expulsa el humo tostado y dulce de la primera calada y calcula que podrá transcurrir al menos una hora sin que el deseo les imponga de nuevo su urgencia. Escucha cómo va apaciguándose la respiración de él y, antes de que derive en sueño, comienza a hablar: “Siempre se ha viajado en busca de comida, no es algo moderno, de ahora. Pero sólo ahora se persigue a los hambrientos, esas patrulleras rompiendo el mar. Y lo que yo digo es que en realidad la motivación de los opulentos también es la comida, sencillamente. No buscarla, claro, pero sí tratar de que no se la arrebaten.”
Él asiente, con una malicia en los ojos que ella tardará en percibir, y ella continúa: “Y digo que sería justo que ese dios antiguo y oscuro que empujó a los hambrientos a los primeros barcos viniera y castigase a los opulentos de alguna manera, por ejemplo obligándoles también a surcar el mar”. Dice entonces él: “Eres una moralista”, y para que ella se escandalice con su fingido cinismo añade: “Y yo ahora mismo me voy al frigorífico a por algo de comer”.
Se desenreda las sábanas de las piernas, se pone en pie y camina desnudo hasta la cocina. Desde allí, llega su voz a la habitación: “¿No había quedado un trozo de pastel de chocolate? ¿Y del tiramisú de tu madre? ¿No hay ni siquiera yogures?” Ella sonríe, primero, hasta que recuerda que él nunca hace bromas con la comida. Nunca.


Alberto de la Rocha

J.R. Casas


Crecer

Inmediatamente después, el niño miró la sombra y confirmó sus conjeturas: el bicharraco, el monstruo, la abominable cosa que le había arruinado el almuerzo, dejaba pasar la luz a través de sus ojos ("¿o desde cuándo los ojos proyectan luz?"). No era, no podía tratarse de un ser vivo: carecía de tercera dimensión. Lo estaba amenazando un dibujo.
Se preguntó entonces si era posible que cada uno de los miedos de su vida, desde la oscuridad de la primera noche solo, el visionado de films del llamado "terror psicológico", la amenaza indescriptible de una sopa en la mesa, hasta la revelación de la semana anterior (su padre algún día moriría), hubieran sido azuzados por figuras con los ojos huecos, amplificadas por la luz, por la pared, por su propio grito.
A punto de superar todos sus miedos, de entender sus desdichas, de desentrañar todo el mal del universo y de convertirse, tras esa alquimia improbable, en el Hombre Nuevo, su padre lo interrumpió sacándose la ridícula máscara, volviendo a ser su padre, su protector y todavía su ídolo, tranquilizándolo, y empezando a fijar en su cara una sonrisita idiota, algo ingenua, totalmente satisfecha.

Javier Siedlecki