Última cena
Y a pesar de que la espuma del champán no perlaba las copas, el salón era fastuoso, y las risas de los comensales deslumbraban como leds. Fue fácil ir cerrando las ventanas a ritmo de vals vienés, cubriendo cualquier resquicio por donde pudiera escaparse el aire, tapando todos los agujeros como el que enrosca el tapón del zumo. Sellé con silicona los quicios de las puertas apretando la pistola como si fuera una manga pastelera. Dentro, las risas se confundían con el tintineo de las copas, con el sonido del ajuar, con los cristales de las arañas que pendulaban armoniosamente. La riqueza se olía al otro lado de las puertas de madera noble. La riqueza tapizaba las paredes y peinaba las suaves plumas de los faisanes aux herbes. Abrí la espita de las pequeñas bombonas y apreté suavemente los contactos al depositarlas en los tres respiraderos de la estancia. El gas silbó como un reptil. Sólo consiguió levantarse de la silla uno de ellos. Las patas de la pesada butaca sonaron a exclamación al rechinar contra el parqué. Algunos hundieron la cara sobre sus pasteles de cabracho, otros se desnucaron sobre el respaldo del asiento. La sopa de bogavante se introdujo en sus oídos, se rompieron platos de Amberes y copas de Lorena con la frente, las lenguas quedaron fuera, amoratadas por el Borgoña sin aire. Todos, sin excepción, empuñaban fuertemente las servilletas bordadas como si levantaran la bandera de la rendición. Sólo cogí el collar de la señora. Había venido a destruir un símbolo, una piedra angular, el corazón de un sistema sanguíneo corrupto y putrefacto. Se lo arranqué como si le extirpara una glándula cancerígena, como si el diamante sobre mi mano fuese el centro desde el que se irradia todo lo oscuro de este mundo. Lo puse dentro de un recipiente de cristal graduado y lo coloqué en el centro de la mesa. Abrí la ventana para que el sol incidiese sobre él desde el alba. La temperatura dentro del cubo subiría hasta hacer arder la piedra, convirtiéndola en una pequeña nube grisácea de CO2. Al salir, ejecuté una pequeña reverencia para dar fin al minué.
Fabio de la Flor

0 comentarios:
Publicar un comentario