David de la Mano
Éxodo
“Unos quedan suspendidos en lo alto de la ola;
a estos otros se les abre el mar”
VIRGILIO
Ella, muy lentamente, ocultándose, expulsa el humo tostado y dulce de la primera calada y calcula que podrá transcurrir al menos una hora sin que el deseo les imponga de nuevo su urgencia. Escucha cómo va apaciguándose la respiración de él y, antes de que derive en sueño, comienza a hablar: “Siempre se ha viajado en busca de comida, no es algo moderno, de ahora. Pero sólo ahora se persigue a los hambrientos, esas patrulleras rompiendo el mar. Y lo que yo digo es que en realidad la motivación de los opulentos también es la comida, sencillamente. No buscarla, claro, pero sí tratar de que no se la arrebaten.”
Él asiente, con una malicia en los ojos que ella tardará en percibir, y ella continúa: “Y digo que sería justo que ese dios antiguo y oscuro que empujó a los hambrientos a los primeros barcos viniera y castigase a los opulentos de alguna manera, por ejemplo obligándoles también a surcar el mar”. Dice entonces él: “Eres una moralista”, y para que ella se escandalice con su fingido cinismo añade: “Y yo ahora mismo me voy al frigorífico a por algo de comer”.
Se desenreda las sábanas de las piernas, se pone en pie y camina desnudo hasta la cocina. Desde allí, llega su voz a la habitación: “¿No había quedado un trozo de pastel de chocolate? ¿Y del tiramisú de tu madre? ¿No hay ni siquiera yogures?” Ella sonríe, primero, hasta que recuerda que él nunca hace bromas con la comida. Nunca.
Alberto de la Rocha

0 comentarios:
Publicar un comentario