J.R. CasasCrecer
Inmediatamente después, el niño miró la sombra y confirmó sus conjeturas: el bicharraco, el monstruo, la abominable cosa que le había arruinado el almuerzo, dejaba pasar la luz a través de sus ojos ("¿o desde cuándo los ojos proyectan luz?"). No era, no podía tratarse de un ser vivo: carecía de tercera dimensión. Lo estaba amenazando un dibujo.
Se preguntó entonces si era posible que cada uno de los miedos de su vida, desde la oscuridad de la primera noche solo, el visionado de films del llamado "terror psicológico", la amenaza indescriptible de una sopa en la mesa, hasta la revelación de la semana anterior (su padre algún día moriría), hubieran sido azuzados por figuras con los ojos huecos, amplificadas por la luz, por la pared, por su propio grito.
A punto de superar todos sus miedos, de entender sus desdichas, de desentrañar todo el mal del universo y de convertirse, tras esa alquimia improbable, en el Hombre Nuevo, su padre lo interrumpió sacándose la ridícula máscara, volviendo a ser su padre, su protector y todavía su ídolo, tranquilizándolo, y empezando a fijar en su cara una sonrisita idiota, algo ingenua, totalmente satisfecha.
Javier Siedlecki
1 comentarios:
En Proyecto Inéditos no tenemos ni idea de por qué el este post se ve con una letra distinta... Misterios del blogger o de Firefox... quién sabe.
Publicar un comentario