María Ramos Bravo
Ingesta
El planeta ha propiciado sus mecanismos de auto-ingesta, un agujero negro que absorberá la materia:
www.nytimes.com/2008/03/29/science/29collider.html?pagewanted=1&_r=2 Estamos en el tiempo que da por cerrado el templo. En el fregadero subterráneo — el estómago de la bestia — se apiñan diferentes alimañas. Alguien quiere disponerlas siguiendo el orden implacable de su inminente repatriación a la madre muerte. Ellas no lo permiten, la idea de morir bajo control les repudia. Una — la grisalla — sabe aprovechar la confusión del forcejeo y huye escaleras arriba, atraviesa diferentes puertas, divisa a Chris Marker atado a una silla de experimentos, el estupro de una muchacha muy desagradable y a Dios frente a sí mismo preguntándose espejito, espejito, quién es la criatura más bella del reino? Esto la abochorna tanto que decide regresar a morir, sin Dios y en catarsis grupal.
Es verano. Los pobres nunca habían tenido tanto de qué hablar, los ricos nunca habían tenido tantas preocupaciones. Fuman juntos en el soportal de la montaña. Jamás pensaron que llegarían a Israel tan pronto, a tiempo de contemplar el alba de los sangrientos valles de Efraím. Una parada más y la grisalla les relatará lo sucedido. No están ansiosos. Su derrota es algo tan notorio que no merece la pena hablar de ello.
Entonces sucede lo temido: sí, la grisalla vuelve, pero con ella no viene Dios. Temor, desesperación, llanto. Preguntan qué ha pasado, por qué regresa sola, por qué fue la única que consiguió escapar, por qué no los violan a ellos también, por qué no le pidió a Marker un auto de fe allí mismo, en la montaña, para todos los que no quieren seguir vivos y están empeñados en alinearlos para morir. Teatro de la crueldad — responde la alimaña —, no lo creeríais pero, básicamente, es eso.
www.nytimes.com/2008/03/29/science/29collider.html?pagewanted=1&_r=2 Estamos en el tiempo que da por cerrado el templo. En el fregadero subterráneo — el estómago de la bestia — se apiñan diferentes alimañas. Alguien quiere disponerlas siguiendo el orden implacable de su inminente repatriación a la madre muerte. Ellas no lo permiten, la idea de morir bajo control les repudia. Una — la grisalla — sabe aprovechar la confusión del forcejeo y huye escaleras arriba, atraviesa diferentes puertas, divisa a Chris Marker atado a una silla de experimentos, el estupro de una muchacha muy desagradable y a Dios frente a sí mismo preguntándose espejito, espejito, quién es la criatura más bella del reino? Esto la abochorna tanto que decide regresar a morir, sin Dios y en catarsis grupal.
Es verano. Los pobres nunca habían tenido tanto de qué hablar, los ricos nunca habían tenido tantas preocupaciones. Fuman juntos en el soportal de la montaña. Jamás pensaron que llegarían a Israel tan pronto, a tiempo de contemplar el alba de los sangrientos valles de Efraím. Una parada más y la grisalla les relatará lo sucedido. No están ansiosos. Su derrota es algo tan notorio que no merece la pena hablar de ello.
Entonces sucede lo temido: sí, la grisalla vuelve, pero con ella no viene Dios. Temor, desesperación, llanto. Preguntan qué ha pasado, por qué regresa sola, por qué fue la única que consiguió escapar, por qué no los violan a ellos también, por qué no le pidió a Marker un auto de fe allí mismo, en la montaña, para todos los que no quieren seguir vivos y están empeñados en alinearlos para morir. Teatro de la crueldad — responde la alimaña —, no lo creeríais pero, básicamente, es eso.
Juan Escourido
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