Toño Fernández Latorre


La espera


La comida llegaría, sí, ¿pero cuándo? La rubia le era indiferente, el color satinado de las paredes del restaurante le daba igual. El agua le sabía a poco y el vino… ¿para qué probar el vino? El vino sin bocado no es bebida, le había dicho su padre. ¿Te has fijado? Todo es con B, el vino sin bocado no es bebida. Jamás quiso discutírselo. Para qué. Sí, enseguida, ya me lo has dicho tres veces, enseguida pero cuándo. Aquello era un infierno. Patatas al infierno. Así llamaban a las bravas en su pueblo, patatas al infierno. Sólo de pensarlo… ¿Debía insistir? Claro que no, terminarían por cogerle manía –aunque puede que se la tuvieran desde que entró – y entonces no comería nunca. ¡Nunca! No podía ser, debía hacer algo, era necesario rebelarse, con b, y usurparle el poder al oscuro gremio hostelero. Deliro, se dijo, deliro de inanición, como un judío en Auschwitz, como un preso. Muero. ¿Muero? Había movimiento, algo iba a suceder, lo presentía, lo necesitaba, era preciso y sí, ya se acerca un hombre vestido de blanco, ya extiende la mano izquierda mientras la mano derecha sostiene una bandeja con elegancia otomana… Ahora. Ahora y ningún otro instante. ‘Sus pastillas señor Ramírez, apa, no me engañe y tómeselas todas que yo le vea’. ‘Por supuesto garçon, por supuesto’.

Ben Clark

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