El crimen perfecto del Comemuñecas
La noche antes del gran día. El Comisario sigue observando los seis diminutos vestidos colgados de su pared, sorbiendo whisky e insultando al Joven Ayudante. No sabe que su Esposa le engaña, pero sí que el Comemuñecas se come además su propio rastro. Entonces ve entre los papeles un nombre familiar. Se ponen en camino, seguidos con sigilo por el Periodista y su cigarrillo.
El Comisario charla con el nombre clave, el Enemigo. Amigo de todo aquél con autoridad y dudas, los papeles le vinculan, en alguna guerra de otro país en el siglo anterior, al Comemuñecas. Ya se acuerda: un niño bueno al que le pasó algo horrible y su única alegría ahora es causar el mal. La explosión que suena desde la fábrica lo cambia todo. El Comisario corre al lugar del crimen arma en mano, el Joven Ayudante va a la comisaría a por refuerzos, el Enemigo manda a sus tres Esbirros a la casa abandonada en lo alto del valle y el Periodista echa a andar tras ellos.
La Mujer del Enemigo está contándole aventuras de otros tiempos a su humeante pipa cuando oye metralletas en el valle, ve al Joven Ayudante correr en esa dirección, solo con su sombra y su pistola. Cuando los refuerzos y el Comisario llegan al corazón de la fábrica, los cinco Gángsters ya han volado la puerta. Vuelan las balas de quince y cinco pistolas, resonando al rebotar contra la maquinaria metálica, pero no al entrar en los sombreros de los dos Gángsters más jóvenes. Sólo entonces sale el Comisario de detrás del coche, el arma fría en su mano, contento de tener su cabeza de turco; no tanto de no ver la séptima muñeca.
Tom C. Avendano

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