Maribel Ramos


Cuento con banquete


Era un niño precoz. Cuando la familia se reunía, su madre lo sentaba en la punta de la mesa, para que molestara menos. Las piernas le colgaban dibujando círculos en el aire y tenía que estirar mucho el cuello para no rasparse la barbilla con el mantel. Desde esa postura los platos llenos de comida parecían peces blancos que serpenteaban un instante por encima de su cabeza y se posaban justo del otro lado de la mesa. Allí salía a recibirlos un ejército de tenedores y cuchillos y el vapor caliente que se desprendía llenaba el comedor de olor a orégano y la boca de saliva. Estimuladas por el olor, las manos de los mayores se tensaban, adoptaban la forma de enormes arañas y se acercaban dedo a dedo a la tortilla, o envolvían las copas con sus patas peludas para que el vino bailara dentro del cristal. El niño, en cambio, escondía las manos debajo de la mesa, sus manitos se juntaban avergonzadas, mientras el mantel se cubría de migas y aureolas rojas.


La noche antes de que el niño recibiera la primera comunión su madre decidió organizar una cena especial cuyo plato estrella era un gran cerdo. Al niño lo sentaron en el mismo lugar de siempre con la excusa de que era el rey de la fiesta y los reyes tenían que sentarse en la punta de la mesa para que todos los pudieran ver bien. Pero nadie le prestaba atención. Las miradas de los mayores se clavaban con insistencia sobre la bandeja de cartón plateado donde estaba el cerdo. El niño miró con asco la grasa oscura que bordeaba las cuencas vacías de los ojos y el enorme hocico, trabado con una manzana para que no mordiera. Del otro lado de la mesa su tío contaba una anécdota en voz baja que hacía reír mucho al resto de la familia, sobre todo a su madre. El niño, entonces, entrelazó sus manitas y trazó con la mirada un camino que pasaba por cada uno de los platos de la mesa hasta llegar a la cabeza del cerdo. El primero era una cazuela llena de unos tomates cocidos que se habían reventado en la parte más redonda formando pliegues carnosos como labios. El niño imaginó que los tomates con boca eran feroces tomates asesinos, tomates capaces de rodar por la cazuela hasta llegar al siguiente plato y devorar por la punta a las desprevenidas zanahorias en escabeche. Los platos formaban un camino perfecto, el niño apretó con fuerza las manos. En las puntas mordisqueadas de las zanahorias podían crecer también bocas vegetales, que se abrirían desesperadas, que atacarían a las cebollas glaseadas del plato de al lado. Las láminas heridas de las cebollas se enroscarían, entonces, formando pequeños dientes. Con sus dientes agrios se acercarían las cebollas a la bandeja de cartón plateado, con sus dientes agrios morderían por fin al cerdo. Y el cerdo sí, con su cabeza grande y llena de pelos, el cerdo con sus dientes en aguja, sí que podía comer de todo, sí que podía acabar con los platos y el mantel y la mesa y con su tío el gracioso y ese viejo gritón que no conocía, y a su madre también se la tragaría el cerdo; a su madre, que se reía tanto del otro lado de la mesa…


Las manos le latían, se le quedaban pálidas, como muertas, de tanto apretarlas. Su madre lo miró por primera vez en toda la noche y dejó escapar un suspiro. Qué bueno, qué buenito era el nene, siempre rezando, y qué bien le quedaría el traje blanco de la primera comunión.


María Bastianes

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Gracias María por tu texto.
Un saludo, Maribel.