Laura Lucas
(Sin título)

Pancita vacía, corazón melancólico… Podrás haber terminado con ese cangrejo regordete y desproporcionado que tenías para la cena, chupado sus jugosas patas, extirpado los laberintos de blanda carne, triturado con tus muelas su concha naranja. ¡Será en vano! Te seguirás sintiendo pulgarcita frente a esos restos que amenazan como púas y escucharás aún el quejidito constante del corazón (¿o la pancita?) que tiene hambre. ¿Y del cangrejo? sólo unas tenazas frías que te arrinconan al final de la mesa y los ojos oscuros de venganza. Has de saber que tu pancita espinada y maltratada se te ablandará y rellenará como de algodones si te lanzas a comerte un corazón palpitante. Que te lo comas por odio o por amor, eso no tiene importancia. Lo esencial, para calmar esa hambre antigua, es que lo hagas con el espíritu en la garganta, como una última cena llena de milagro y dicha, sin desgana ni pereza, masticando y deglutiendo con los sentidos bien abiertos el corazón de un hombre o una mujer cualquiera que se te presente en el camino, gentil, y te abra su pecho.
Jimena Gamba

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